(Publicado - El Observador 17-10-07)
Terminé de leer el libro sobre Paco Casal. Me quedé con la sensación de que todo lo que rodea a Casal tiene mucho más que ver con cómo somos los uruguayos y cuánto aceptamos de los demás, que con Casal mismo. Cuando se habla del célebre contratista, se habla de muchas cosas de nosotros mismos…
Aclaro, por las dudas: no lo conozco a Casal, jamás lo vi en mi vida y no le debo nada. En este país de militante sospecha de todos sobre todos y de ataques ad hominem, se imponen estas aclaraciones.
Para mí, Casal representa el individuo de éxito, que concreta sus objetivos, no sólo económicos, por cierto, en base a una actitud emprendedora que no es la regla en este país mesocrático. Lo advierte cualquiera: Casal trabaja en la línea de la obsesión y el cielo es su límite. Es de ese tipo de personas que no gusta de jugar partiditos chicos. En Uruguay no abundan estos personajes. La ambición acá es uno de los pecados más rechazados. Y si se tiene éxito, tanto peor.
Casal, además, viene de abajo y eso lo hace flanco de criticas del supuesto “patriciado”, uruguayo que lo mira casi con desprecio. Es también el nuevo rico, ése que la gente por envidia no se banca. Y para peor, Casal habla de su poder, lo que excita los ánimos de muchos que no pueden creer como ese “mocito” alcanza-pelotas haya terminado siendo un uruguayo tan poderoso. Aunque hable poco en términos cuantitativos, Casal habla mucho.
Casal divide las aguas, o con el, o contra el. Algunos están con el por conveniencia, por temor o por admiración. Otros, están contra el por conveniencia, por valoraciones distintas y por pensar que ese recorrido no es el mejor para el fútbol uruguayo. Con todo respeto, nunca nadie elevó la otra contrapropuesta a lo que Casal ofrece. Solo versos.
A mi me parece positivo lo que Casal ha hecho por los jugadores del fútbol uruguayo. Es cierto que le salvó la vida a más de uno que habría terminado jugando en la liga universitaria. ¿Eso está mal? ¿Está mal, además, que haya un negocio allí? ¿Estamos discutiendo, acaso, al mercado, sus reglas competitivas, las destrezas para superarse en el mismo? ¿Dónde están los que pueden hacer la quinta parte de lo que hace este individuo?
Me causa gracia, además, que se lo satanice a Casal, endilgándole toda la responsabilidad de la crisis del fútbol uruguayo. Cuando todo sale bien, Casal tiene sólo una cuota de responsabilidad en el éxito. Cuando todo sale mal, Casal es el único culpable…¡por favor!
En el fondo, creo que la envidia de mucha gente es uno de los motores para militar contra Casal. El uruguayo, lamentablemente, es un ser que peca también duramente de esto. No puede creer que el vecino pinte la casa, cambie el auto o se compre algo sin dejar de “chusmear” por la negativa. La tendencia es a desconfiar y a creer que “hubo joda”. La tendencia es a desmerecer al otro porque “yo lo conozco de toda la vida a ese piojo”.
Finalmente —y esta es la madre del borrego—, la tendencia infantil es a descalificar al otro para justificar los fracasos personales. El éxito del otro nos interpela acerca de nuestros fracasos. Por eso siempre es más fácil apelar a las “explicaciones-coartada”: el otro nunca llega por mejor, por más trabajador, por más concentrado, siempre tiene alguna banca, algún “guille”, alguna rosca que lo impulsa y lo hace alcanzar el éxito. Si Freud hubiera podido analizar los complejos más comunes de los uruguayos, se hacía una fiesta con nosotros.
En el fondo, Casal es la prueba viviente de la superación, de la movilidad social al mil por mil, de que no importa si se tiene apellido o relaciones sociales para lograr objetivos. Casal, Tinelli, Bill Gates, cada uno en lo suyo, gustarán más o menos, pero no llegaron de casualidad. Son personas que reproducen el éxito contra viento y marea. Pasan los años y los individuos se robustecen más y más. Y nadie les regala nada, porque dan examen todos los días y hay miles de personas que están buscando que le erren para matarlos. Y los individuos siguen allí. Algo tendrán ¿no? Sería interesante que se los mirara en clave positiva y no con ese lente uruguayo de la sospecha, del enojo, desde un patético pináculo moral desde donde siempre se observa lo malo y nunca se advierte lo bueno. Como canta Shakira: no se puede vivir con tanto veneno, le hace mal al alma.